jueves, 28 de noviembre de 2013

La realidad en el Internet de las Cosas



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Los avances tecnológicos se han convertido en un proceso imparable. Las innovaciones se van sucediendo unas tras otras multiplicando sus efectos. En el campo de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TIC) hay que destacar varios hitos, como la digitalización de las señales, la transmisión de datos, la telefonía móvil, la fibra óptica o la banda ancha fija y móvil, que han transformado radicalmente el mundo de las comunicaciones. Gracias a todas estas tecnologías y aplicaciones disponemos hoy de un sistema de conexión universal como es Internet. Con el paso del tiempo, y gracias a la suma de innovaciones, la Red se ha ido transformando y ha pasado del concepto de Internet de las Personas al de Internet de las Cosas.



Este Internet de las Cosas es la evolución de un primer Internet más centrado en las personas y cuyo potencial reside en la capacidad para combinar datos con personas, procesos y objetos. A partir de sensores, redes avanzadas de comunicaciones y procesos analíticos basados en el big data se están poniendo en marcha aplicaciones que harán más fácil la vida de las personas, mejorarán la sanidad y la educación, potenciarán las ciudades, los edificios y las redes eléctricas inteligentes, aumentarán la seguridad de la información e incrementarán el nivel de eficiencia de empresas y Administraciones Públicas.

La idea es muy sencilla. Hasta ahora Internet era una red que permitía el acceso a portales, servicios, aplicaciones o diferentes opciones. El usuario, persona o negocio, entraba en ella y simplemente hacía lo que había ido a hacer, buscaba información o navegaba por las distintas posibilidades. Conforme la tecnología lo ha permitido, todo tipo de dispositivos, máquinas y objetos se han sumado a la Red. Estamos hablando de una gama de objetos infinita, desde el contador del consumo de agua que hay en los domicilios al sensor incorporado en una plaza de un aparcamiento público, pasando por una nevera, por una pulsera que lleva un enfermo o por un dispositivo asociado a una máquina en una fábrica. Todos ellos, al estar en permanente conexión con el resto del universo a través de Internet, pueden interactuar con personas, ordenadores u otros objetos, para dar información o avisos, recibir instrucciones, etc.

En esencia el Internet de las Cosas se basa en sensores, en redes de comunicaciones y en una inteligencia que maneja todo el proceso y los datos que se generan. Los sensores son los sentidos del sistema y, para que puedan ser empleados de forma masiva, deben tener bajo consumo y coste, un reducido tamaño y una gran flexibilidad para su uso en todo tipo de circunstancias. La evolución de Internet también precisa de potentes y seguras redes de comunicación inalámbrica M2M (máquina a máquina), que hagan posible la incorporación a las redes y a los sistemas de objetos totalmente fuera de ellos hasta hace poco. Finalmente es necesario aplicar inteligencia (“smart”) a los sistemas y a los objetos, aprovechando los datos recogidos por los sensores, para procesarlos y convertirlos en información útil y en actuaciones. Aquí las técnicas de análisis asociadas al big data y ahora al extreme data son vitales. En ocasiones hay que aplicar potentes sistemas de información y de software avanzado que hagan posible el tratamiento de grandes volúmenes de datos de una naturaleza variada y a gran velocidad. Muchos de esos datos ya existían, pero hasta ahora la tecnología disponible no permitía su explotación y aprovechamiento.

Los campos de aplicación del Internet de las Cosas son muchos y muy variados. La sanidad, para monitorizar a los pacientes y conectarlos a los médicos y demás profesionales sanitarios; los sectores de la energía y del transporte, para conectar a proveedores y clientes; el sector del retail, para predecir cuándo comprarán los consumidores; las telecomunicaciones y los servicios de información; los servicios financieros; o las fábricas inteligentes. En estos y otros campos es posible encontrar también casos muy concretos de aplicación, como el marketing y la publicidad, la educación, los vehículos o los juegos y el entretenimiento conectados o las redes eléctricas inteligentes, en los que las nuevas posibilidades alcanzan rendimientos máximos.
Un punto importante del Internet de las Cosas es que requiere de habilidades y conocimientos específicos combinados (tecnológicos, matemáticos o de funcionamiento de las organizaciones), en un perfil que hasta ahora no existía. Es decir, se abrió nuevas e interesantes oportunidades de trabajo y se crean empleos en este sector de actividad. Uno de los ejemplos más claros es el de los gestores de datos, perfil que se encuentra a mitad de camino entre la tecnología y la operación de los negocios y que requiere conocer y manejar las nuevas herramientas para la captura, el análisis y el aprovechamiento de los datos. La enseñanza, en sus diferentes niveles, también tendrá que hacerse eco de estas nuevas demandas.

Los retos y oportunidades que se avecinan son grandes y todos los sectores de actividad humana se ven afectados por las posibilidades del Internet de las Cosas, que según diferentes análisis conectará varias decenas de miles de millones de dispositivos y objetos a corto plazo. Como ocurre con otras actuaciones asociadas a la evolución tecnológica, además de todos los temas de innovación hay también que analizar y valorar el impacto económico y social en las vidas de las personas, buscando su beneficio y cuidando al máximo los aspectos de seguridad y privacidad. Si todo ello se consigue, el Internet de las Cosas cambiará nuestras vidas de forma radical y las hará mejores.

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